sábado, 27 de julio de 2013

Reflexiones. Distancias.

 Las distancias, los volúmenes, los pesos... arquitectos e ingenieros estamos continuamente pensando en éstos términos en el desarrollo de nuestro trabajo. Pero, ¿Cómo percibimos estos parámetros a lo largo de la vida? y ¿qué tiene que ver con la arquitectura?



Si hay algo que para mi tienen en común niños y ancianos es la percepción de las cosas que les rodean. Los niños desarrollan hasta la adolescencia sus cerebros a base de enfrentarse cada día a nuevas experiencias. Su desarrollo motriz se enriquece cuando juegan y poco a poco se hacen con las medidas de la realidad que les rodea. Sin embargo un niño de menos de 6 años puede sentarse a tu lado en el tren y estar dándote patadas continuamente sin saberlo (o mejor dicho, sin saber que eso está mal), o bien ir andando por la calle y aún viéndote, ser capaz de chocar contigo por no haberse apartado.

Lo mismo pasa cuando hablamos de personas mayores. Debido a las incapacidades propias marcadas por el paso de los años, el círculo de interacción se ve radicalmente reducido. Es decir, podríamos asegurar que tanto niños como ancianos se ven influenciados exclusivamente del círculo más próximo de lo que les rodea, no son capaces de relacionarse con realidades alejadas. 

Lo mejor será que pongamos un ejemplo. Es típico el ejemplo de el niño que va corriendo detrás de la pelota que cruza una carretera sin saber que hay un peligro inherente. El niño tiene el foco de atención en el balón, pero no en el coche que viene a 200 metros y que a buen seguro se cruzará en su trayectoria. 

Igualmente sucede con las personas con muchos años a su espalda. Como éste es un blog de arquitectura, pondré el ejemplo de Antoni Gaudí, que fue atropellado por un tranvía a principios del siglo XX. Gaudí fue un genio y un visionario, pero los años pasaron también en su contra, no pudo ver como el tranvía se le acercaba, quizá inmerso en sus pensamientos como buen genio que era, quizá porque la falta de vista le jugó una mala pasada o puede que ambas.

¿Y qué tiene ésto que ver con la arquitectura?

Como parte del proceso de aprendizaje de la arquitectura, las distancias, las dimensiones, las proporciones y los volúmenes son propiedades de lo que los arquitectos proyectamos y que debemos aprender durante la carrera y aplicarlo durante el ejercicio de nuestra profesión. No vale con saber lo que mide un campo de fútbol, pongamos como ejemplo, para poder dimensionar el estadio completo. Eso lo sabe cualquiera, lo que no sabe todo el mundo es el ancho mínimo que han de tener los pasillos y las comunicaciones interiores, el tamaño de la estructura que debe soportarlo, las dotaciones de aparcamientos, la luz que debe iluminarlo o la pendiente de las gradas para que la afición no tenga obstáculos entre ellos y el espectáculo.

La "educación" en dimensiones es algo que estudiamos y que todos los días tenemos que aplicar y seguir aprendiendo. Es curioso como en los primeros años de la carrera los planos que hacíamos no tenían escalas adecuadas, por la falta de experiencia, al igual que le pasaba al niño que cruzaba tras la pelota. Hacíamos alzados desproporcionados, voladizos infinitos o secciones enanas. Con el transcurso de los años estos defectos se iban corrigiendo, hasta que llegado un punto, el ojo de arquitecto te decía cuándo una planta resultaba mal distribuida o desproporcionada.

Hasta aquí nada nuevo, pero... ¿para qué nos sirve esto a los arquitectos? 

Muy sencillo, cuando surge un nuevo encargo el cliente se pone en contacto contigo para hacer realidad su sueño, sea cual sea y normalmente tiene algunas ideas que quiere construir. Generalmente estas ideas suelen ir acompañadas de algún dibujo que mejor o peor hecho transmiten al papel lo que se quiere hacer. Ahí es cuando entra el "ojo clínico" del arquitecto. Estos dibujos son muy parecidos a los planos que hacíamos al principio de la carrera y enseguida nos damos cuenta de muchas cosas que son imposibles o manifiestamente mejorables. No por el hecho de que esté bien o mal el dibujo, sino en el sentido de las proporciones, de los usos, de las comunicaciones o de la habitabilidad.

Pero cuidado, no es trabajo del arquitecto destruir las ilusiones del cliente, sino de generar nuevas ideas que le convenzan, utilizando su punto de partida, para hacer mejor lo que quiere llevar a cabo. Es decir, utilizando el símil de los niños y ancianos, ayudar a cruzar la calle al cliente, que al final es la figura más importante que tenemos.

Pablo.

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